Penetrante y persistente, exactamente de la misma manera. Sujetaba una orea de peluche medio descosida.

Esta vez, miró directamente a Patty.

Un ruidoso coche rojo, un Firebird, estaba aparcado exactamente donde lo estuvo el taxi. Uno de esos modelos trucados con un alerón, neumáticos gruesos y algo metálico sonando bajo el capó. El capó traqueteaba como un corazón en fibrilación.

Mientras Patty se acercaba al coche, el Firebird salió a todo gas, el rubio platino de Lydia apenas visible a través del cristal tintado del asiento del copiloto.

A Patty le pareció que su hermana saludó con la cabeza, pero siempre le quedó la duda.

La niña no se movió.

Cuando Patty volvió donde estaba ella, Tanya metió la mano en un bolsillo y sacó una nota.

Papel blanco del barato, membrete en rojo del Hotel Crazy Eight Motor, Holcomb, Nevada.

Bajo este texto, la letra de Lydia, bastante bonita para alguien que solo llegó a secundaria. Lydia nunca se esforzó por aprender a redactar correspondencia ni nada durante aquellos nueve años, pero las cosas le fueron bien.

La niña empezó a lloriquear.

Patty le cogió la mano, fría, pequeña y suave, y leyó la nota.


Querida hermana mayor:

Dijiste que era una señorita,

quizá contigo pueda llegar a serlo.

Tu hermana pequeña.

Capítulo 2

– No es el quién -dijo Milo-. Es el ¿sucedió acaso?

– Piensas que es una pérdida de tiempo -repliqué-. ¿No?

Me encogí de hombros. Ambos bebimos.

– Hablamos de una enfermedad terminal, puede que le afectase la cabeza -opinó-. Es solo una teoría más.



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