
Acercó el vaso hacia él, dio vueltas con el palito creando pequeñas olas viscosas. Estábamos en la churrasquería, a unos tres kilómetros al oeste del centro, con dos chuletas delante, ensaladas más grandes que el jardín de muchos y unos Martinis helados.
La una y media del mediodía, una tarde fría de un miércoles, celebrábamos el final de un juicio por un asesinato pasional que había durado un mes entero. La acusada, una mujer cuyas pretensiones artísticas la condujeron a una relación mortal, nos sorprendió a todos declarándose culpable.
Cuando Milo salió de la sala del tribunal, le pregunté por qué había cedido la acusada.
– No ha dado ninguna razón. Puede que haya intentado conseguir la condicional.
– ¿Y podría haberla conseguido?
– Yo diría que no, pero si el zeitgeistse pone melancólico, ¡quién coño sabe!
– ¿Mucha palabrería esta mañana? -pregunté.
– Ética, ambiente social, elige lo que quieras. Lo que quiero decir es que en estos últimos años todo el mundo se cree capaz de erradicar el crimen. Así que hacemos nuestro trabajo demasiado bien y John Q. está contento. El Times acaba de emitir una de sus series sensibleras sobre cómo una cadena perpetua por asesinato realmente significa vivir y no es tan trágico. Más de todo esto y volvemos a los dulces días de la libertad condicional.
– Eso significa que la gente lee los periódicos.
Se enfurruñó.
Me habían citado como testigo de la acusación. Me había pasado cuatro semanas de guardia, tres días sentado en un banco de madera en un pasillo largo y gris del edificio del juzgado de lo penal, en Temple.
A las nueve y media de la mañana estaba haciendo un crucigrama cuando Tanya me llamó para decirme que su madre había muerto de cáncer un mes antes y que quería una sesión.
Hacía años que no las había visto a ella o a su madre.
