Porque la joven consigue algo y no quiere dejarlo pasar.

– Buena pregunta.

– ¿Cuándo la trataste?

– La primera vez fue hace doce años, ella tenía siete.

– Doce años exactamente, no es una aproximación -dijo.

– Hay casos que no se olvidan.

– ¿Casos duros?

– Lo hizo bastante bien.

– El superloquero suma puntos de nuevo.

– Suerte -le dije.

Me miró. Comió un poco más de filete. Dejó el tenedor.

– Esto no es de primera, como mucho, excelente.


***

Dejamos el restaurante y Milo volvió al centro, a una reunión para arreglar el papeleo en la oficina del fiscal del distrito. Yo cogí la calle Seis hacia la terminal oeste en San Vicente, donde un semáforo en rojo me dio el tiempo necesario para llamar a urgencias del Cedars-Sinai. Pregunté por Richard Silverman y todavía estaba esperando cuando el semáforo se puso en verde. Colgué y seguí hacia el norte a La Ciénaga, luego al oeste por Grace Alien hasta el solar del hospital.

Patty Bigelow, fallecida a los cincuenta y cuatro años. Siempre había parecido tan fuerte…

Dejé el coche en una plaza del aparcamiento para visitantes y caminé hacia la puerta de entrada de la unidad de Urgencias, intentando recordar la última vez que hablé con Rick profesionalmente, cuando me envío a Patty y a Tanya.

Nunca.

Mi mejor amigo era un detective de homicidios gay, lo que no significaba ver con frecuencia al hombre con el que él vivía. En el transcurso de un año, había charlado con Rick media docena de veces cuando cogía el teléfono en su casa, siempre con tono suave, ninguno de los dos quería prolongarlo.

Coincidimos en algunas cenas para las celebraciones, Robin y yo nos reíamos y brindábamos por ellos, y eso era todo.

Cuando llegué a las puertas correderas de cristal, puse mi mejor cara de doctor. Me había vestido para el juicio con un traje azul de raya diplomática, camisa blanca, corbata amarilla y zapatos relucientes. El recepcionista apenas me miró.



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