– Lo siento mucho, Tanya. Puedo verte hoy.

– Gracias, doctor Delaware -su voz se cortó.

– ¿Hay algo que quieras contarme ahora?

– En realidad no; no es por el dolor. Es algo… Estoy segura de que pensará que es extraño.

Esperé. Me dijo algo:

– Seguramente creerá que estoy obsesionada.

– En absoluto -le respondí, acostado en el diván de la consulta.

– No lo estoy, de verdad doctor Delaware. Mi madre no habría… Lo siento, tengo que volver a clase. ¿Puede recibirme hoy un poco más tarde?

– ¿Qué tal sobre las cinco y media?

– Muchísimas gracias, doctor Delaware. Mi madre siempre le respetó.


***

Milo cortó el hueso; cogió un trozo de carne para inspeccionarlo. La iluminación hizo que su cara pareciera una lápida.

– ¿A ti esto te parece de primera calidad?

– Sabe bien -le dije-. Probablemente no tenía que haberte dicho nada de la llamada: confidencialidad. Pero si resulta ser algo importante, sabes que volveré.

El filete desapareció entre sus labios. Sus mandíbulas trabajaban y los granos de acné de sus mejillas parecían comas bailando. Usó la mano libre para quitarse un mechón de pelo negro de su frente moteada. Mientras tragaba añadió:

– Siento lo de Patty.

– ¿La conocías?

– Solía verla en Urgencias, cuando fui con Rick. «Hola, ¿qué tal?» «Que tenga un buen día.»

– ¿Sabías que estaba enferma?

– De ningún modo. Lo habría sabido si Rick me lo hubiera contado, pero teníamos una nueva regla: nada de hablar de trabajo fuera del horario laboral.

Cuando un caso está abierto, el horario de un detective de homicidios nunca acaba. Rick Silverman trabajaba en la unidad de Urgencias del Cedars desde hacía años. Los dos no paraban de hablar sobre los límites, pero sus planes se apagaron pronto.

– Entonces, ¿no tienes idea de si trabajaba todavía con Rick? -le pregunté.

– Misma respuesta. Confesar «algo terrible» que hizo, no tiene sentido, Alex. ¿Por qué desenterraría ella los trapos sucios de su madre?



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