Durante treinta años, Blake había asistido pasivamente a las numerosas concesiones que los británicos hacían a los católicos y al IRA, pero el acuerdo de paz de Viernes Santo fue la gota que colmó el vaso. Blake estaba convencido de que sólo podía acabar acarreando la retirada británica de Irlanda del Norte y la unión con la República de Irlanda. La intransigencia protestante había dado al traste con dos intentos de paz previos en el Ulster, el acuerdo de Sunningdale y el acuerdo angloirlandés. Kyle Blake había jurado torpedear también el acuerdo de Viernes Santo.

La tarde anterior había dado el primer paso, orquestando unas de las manifestaciones de terrorismo internacional más espectaculares de la historia, atacando de forma simultánea al Sinn Fein, al gobierno irlandés y a los británicos.

Las agujas de la iglesia de san Marcos aparecieron ante él, cerniéndose sobre Market High Street. Blake aparcó delante de la imprenta pese a que se encontraba a varias manzanas de su lugar de destino, echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no lo vigilaban y echó a andar por delante de los escaparates cerrados.

Irónicamente, Blake no extraía su inspiración táctica de los grupos paramilitares protestantes del pasado, sino de los hombres que habían bombardeado una y otra vez su ciudad natal, Portadown, es decir, el IRA. Desde el inicio de los actuales disturbios en 1969, el IRA había luchado contra sus enemigos, el ejército británico y la Real Jefatura de Policía del Ulster, al tiempo que perpetraba espectaculares atentados terroristas. El IRA había asesinado a soldados británicos, matado a lord Mountbatten e incluso intentado acabar con todo el ejecutivo británico, pero aún así conservaba la imagen de defensor de un pueblo oprimido.

Blake pretendía poner patas arriba la política sectaria de Irlanda del Norte. Quería mostrar al mundo que el modo de vida protestante en el Ulster estaba en peligro de extinción. Y estaba dispuesto a jugar la carta del terror para conseguirlo…, con mayor determinación y destreza de la que el IRA habría podido soñar jamás.



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