
Durante casi dos siglos, los orangistas de Portadown habían desfilado hasta la parroquia de Drumcree el domingo anterior al 1 de julio, aniversario de la victoria de Guillermo de Orange sobre el rey católico Jacobo II en la batalla del Boyne en 1690. Pero el verano anterior, la primera temporada de los desfiles desde la firma de los acuerdos de paz, el gobierno había accedido a las exigencias de los católicos y prohibido a los orangistas volver a recorrer la Garvaghy Road de Portadown, avenida eminentemente católica. La prohibición intensificó la violencia a lo largo y ancho del Ulster en un proceso que culminó con la muerte de tres niños católicos cuando unos lealistas arrojaron un cóctel molotov por la ventana de su casa en Ballymoney.
Kyle Blake ya no era orangista; había abandonado la orden varios años antes, al empezar a formar parte de grupos paramilitares protestantes, pero la imagen del ejército británico cortando el paso a los manifestantes lealistas fue demasiado para él. Consideraba que los protestantes tenían derecho a desfilar a lo largo de las vías de la reina donde y cuando les viniera en gana, que los desfiles anuales eran una expresión legítima de la tradición y la cultura protestantes en Irlanda del Norte, y que cualquier violación del derecho a desfilar era otra concesión a los putos católicos.
En opinión de Blake, la prohibición de Drumcree delataba algo mucho más peligroso sobre el panorama político de Irlanda del Norte. La ascendencia protestante del Ulster se había resquebrajado, y los católicos estaban ganando.
