Dejando caer el periódico, el maletín y el paraguas, Simmons se abrió paso entre la multitud para alcanzarla y la agarró por las amplias solapas del impermeable. Antes de que ella pudiera reaccionar, él la hizo dar una vuelta casi completa y la tiró de espaldas contra el edificio que él acababa de abandonar. Su frágil cuerpo era ligero y prácticamente atravesó volando la acera, de manera que sus pies casi no tocaron el suelo cuando se golpeó violentamente contra el grueso cristal de seguridad del escaparate de la tienda y rebotó hacia la calle. Aturdida por el dolor y la sorpresa se quedó tendida boca abajo sobre el frío y mojado pavimento, demasiado asustada para moverse. Simmons se volvió a abrir paso hasta ella, atravesando un pequeño corro de compradores que se habían parado para ayudarla. Ignorando sus airadas protestas, la puso en pie y la volvió a lanzar contra el escaparate; su cabeza rebotó hacia atrás cuando se golpeó por segunda vez contra los cristales.

– ¡¿Qué demonios estás haciendo, idiota?! -gritó un horrorizado espectador, agarrando la manga del abrigo de Simmons y echándolo hacia atrás.

Simmons se giró y se soltó de la presa del hombre. Tropezó y aterrizó de manos y rodillas sobre el bordillo. Ella seguía de pie, justo delante de él. La podía ver a través de las piernas de las personas que se agolpaban a su alrededor.

Indiferente a los gritos y rugidos de protesta que resonaban en sus oídos, Simmons se levantó con rapidez, parándose sólo a recoger el paraguas, que se encontraba al borde de la acera, y para subirse las gafas de montura metálica. Sosteniendo el paraguas delante de él como si fuera un fusil con bayoneta corrió de nuevo hacia la mujer.



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