– Por favor… -rogó ella cuando le clavó profundamente la afilada punta de metal del paraguas en la barriga y luego la sacó.

Ella trastabilló hacia atrás contra el escaparate, intentando cerrar la herida mientras la aturdida e incrédula multitud engullía a Simmons. A través de la confusión vio cómo sus piernas cedían y que la mujer caía pesadamente al suelo, con la sangre manando en abundancia de su costado.

– ¡Maníaco! -le gritó alguien.

Simmons giró sobre sí mismo y se quedó mirando al propietario de esa voz. ¡Jesucristo, otro! Éste era igual que la anciana. Y allí había otro, y otro… y estaban todos a su alrededor. Él se quedó mirando, indefenso, el océano de furiosas caras que lo rodeaba. Todos eran iguales. Hasta el último de ellos se había convertido de repente en una amenaza para él. Sabía que eran demasiados, pero tenía que luchar. Desesperado, cerró el puño y lo lanzó contra el rostro más cercano. Cuando el adolescente reculó ante el repentino impacto y cayó al suelo, una horda de figuras uniformadas atravesó la muchedumbre y redujo a Simmons lanzándolo al suelo.

1

Un lunático. Dios santo, ya había visto antes algunas de las cosas que ocurren en esta ciudad, pero nada como esto. Ha sido desagradable. Me pone enfermo. Joder, él ha salido de la nada y ella no ha tenido la más mínima oportunidad, pobre anciana. El tipo está ahora en medio de la multitud. Lo superan en una proporción de cincuenta a uno y aun así sigue intentando luchar. Este sitio está lleno de locos. Afortunadamente para la mujer, también está lleno de policías. Ahora hay dos a su lado, intentando cortar la hemorragia. Otros tres se han encarado con el tío que lo ha hecho y ahora lo están reduciendo.

Maldita sea, faltan tres minutos para las nueve.



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