Los dos agentes los siguieron con la mirada mientras subían al vehículo.

– ¡No parecía que lo tuvieran muy claro los matasanos esos! -comentó uno de ellos.

El otro policía miró a su colega.

– ¿Te has encontrado ya en algún caso en el que se hayan cargado a uno de los nuestros?

– No.

– Pues entonces no puedes comprender lo que acaban de vivir. Ven, ayúdame. Vamos a ponerla con cuidado sobre la camilla para meterla en la furgoneta.

La ambulancia ya había doblado la esquina. Los dos agentes levantaron el cuerpo inerte de Lauren, lo depositaron sobre la camilla y lo cubrieron con una manta. En vista de que el espectáculo había acabado, los escasos curiosos que quedaban se fueron. En el interior de la ambulancia, los dos médicos habían permanecido callados hasta que Frank se decidió a romper el silencio.

– ¿Qué te ha pasado, Philip?

– No tiene ni treinta años, es médico, es guapa…

– ¡Sí, pero no se trata de eso! ¿Cambia las cosas el hecho de que sea guapa y médico? Hubiera podido ser fea y trabajar en un supermercado. Es el destino, tú no puedes hacer nada para evitarlo, le había llegado la hora. Ahora volveremos, irás a acostarte e intentarás olvidar todo esto.

Dos manzanas detrás de ellos, el coche de policía se disponía a pasar por un cruce cuando un taxi se saltó el semáforo en ámbar. El policía, furioso, frenó bruscamente y conectó unos instantes la sirena; el chofer de Limo Service se detuvo y pidió excusas sin andarse con rodeos. El cuerpo de Lauren había caído de la camilla. Los dos hombres pasaron a la parte trasera. El más joven asió a Lauren por los tobillos y el mayor por los brazos. Este último se quedó petrificado al mirar el pecho de la joven.

– ¡Respira!



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