
– ¿Qué?
– ¡Que respira! Ponte al volante ahora mismo y vamos al hospital.
– ¿Te das cuenta? Ya decía yo que esos matasanos no se aclaraban.
– Calla y date prisa. No entiendo nada, pero esos dos van a oír hablar de mí.
La furgoneta de la policía adelantó como una exhalación a la ambulancia, ante la mirada atónita de los dos internos. Eran «sus polis». Philip quería que su compañero conectara la sirena y los siguiera, pero éste se opuso. Estaba agotado.
– ¿Por qué iban tan deprisa?
– No tengo ni idea -respondió Frank-. Además, puede que no fueran ellos. Todos se parecen.
Diez minutos más tarde aparcaban al lado de la furgoneta de la policía, cuyas puertas se habían quedado abiertas.
Philip bajó de la ambulancia y entró en urgencias. Se encaminó hacia admisión a un paso cada vez más precipitado.
– ¿En qué sala está? -preguntó a la recepcionista sin saludarla.
– ¿Quién, doctor Stern? -intervino la enfermera de guardia.
– La chica que acaban de traer.
– En el quirófano 3. La atiende Fernstein. Parece ser que es de su equipo.
El policía de más edad se acercó a él por la espalda y le tocó un hombro.
– Se puede saber qué tienen ustedes en la cabeza?
– ¿Perdón?
Hacía bien en pedir perdón, pero eso no bastaba. ¿Cómo había podido certificar el fallecimiento de una chica que aún respiraba cuando iba en su furgoneta?
– ¡Si no llega a ser por mí, la habrían metido viva en la nevera!
Sí, desde luego, iba a oír hablar de él. El doctor Fernstein salió del quirófano en ese momento y, fingiendo no prestar ninguna atención al agente de policía, se dirigió directamente al joven médico.
– Stern, ¿cuántas dosis de adrenalina le ha inyectado?
– Cuatro veces cinco miligramos -respondió el interno.
El profesor lo reprendió de inmediato, recordándole que ese modo de actuar indicaba obcecación terapéutica; después, dirigiéndose al oficial de policía, afirmó que Lauren estaba muerta mucho antes de que el doctor Stern certificara la hora de su fallecimiento.
