
Entonces había luchado junto a ella saltándose las normas, y diez minutos más tarde, en contra de toda lógica, en contra de todo lo que le habían enseñado, su corazón había comenzado a palpitar de nuevo, sus pulmones a inspirar y a espirar aire, un soplo de vida.
– Tiene razón -prosiguió-, somos médicos y no lo sabemos todo. Esa mujer también es médico.
Le suplicó a Fernstein que le diera una posibilidad. Se habían visto comas de más de seis meses que volvían a la vida sin que nadie entendiera por qué. Lo que ella había hecho no lo había hecho nunca nadie, así que daba igual lo que costara.
– No deje que se vaya, no quiere. Es lo que nos está diciendo.
El profesor esperó unos instantes antes de responder.
– Doctor Stern, Lauren era alumna mía. Tenía un carácter endemoniado, pero también un gran talento. Yo la apreciaba mucho y tenía puestas muchas esperanzas en su carrera, como también las tengo puestas en la de usted. Esta conversación ha terminado.
Stern salió del despacho sin cerrar la puerta. Frank lo esperaba en el pasillo.
– ¿Qué haces aquí?
– Pero ¿se puede saber qué tienes en la cabeza, Philip? ¿Sabes a quién estabas hablándole en ese tono?
– Tú dirás.
– El tipo con quien hablabas es el profesor de esa chica, la conoce y la trata desde hace quince meses. Ha salvado más vidas de las que quizá puedas salvar tú en toda la tuya. Tienes que aprender a controlarte. La verdad es que a veces desvarías.
– Déjame en paz, Frank. Hoy ya he recibido mi dosis de lecciones de moral.
3
El doctor Fernstein cerró la puerta de su despacho, descolgó el teléfono, dudó unos instantes, colgó. Dio unos pasos en dirección a la ventana y levantó de nuevo el auricular del teléfono. Pidió que le pusieran con el quirófano. Enseguida se oyó una voz al otro lado de la línea interior.
– Soy Fernstein. Prepárense, vamos a operar dentro de diez minutos. Enseguida le mando el informe.
