– Pero ¿cómo explica que haya empezado a respirar de nuevo?

– Ni lo explico ni tengo por qué hacerlo. No lo sabemos todo. Está muerta, doctor Stern. Que eso no le guste es una cosa, pero lo cierto es que se ha ido. Me importa un bledo que los pulmones se muevan y que el corazón palpite por su cuenta. Su electroencefalograma es plano. Su muerte cerebral es irreversible. Esperaremos a que el resto siga el mismo camino y la bajaremos al depósito. Punto final.

– Pero… ¡no puede hacer eso! ¡No puede hacerlo teniendo tantas evidencias!

Fernstein expresó su irritación con un gesto de la cabeza y alzando la voz. No tenía por qué recibir lecciones. ¿Sabía Stern el coste de un día de reanimación? ¿Creía que el hospital iba a ocupar una cama para mantener artificialmente con vida a un «vegetal»? Lo invitó vivamente a madurar un poco. Se negaba a que una familia tuviera que pasar semanas enteras junto a la cabecera de un ser inerte y sin inteligencia, mantenido con vida gracias a las máquinas. Se negaba a ser responsable de ese tipo de decisiones, simplemente para satisfacer el ego de un médico.

Le ordenó a Stern que desapareciese de su vista y que fuera a darse una ducha. El joven interno siguió plantado frente al profesor, defendiendo con ardor su postura. Cuando había certificado la muerte, su paciente estaba en parada cardiorrespiratoria desde hacía diez minutos. Su corazón y sus pulmones habían dejado de vivir. Sí, se había obcecado porque por primera vez desde que era médico había notado que alguien, aquella mujer, no quería morir.

Le describió cómo, tras sus ojos abiertos, la había sentido luchar, negarse a irse.



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