Las primeras ambulancias habían llegado a urgencias diez minutos antes del relevo y Lauren había comenzado a enviar a los heridos a las diferentes salas de preparación, ante la mirada desesperada de sus compañeros. Con una metodología de virtuoso, auscultaba en unos minutos a cada paciente, le asignaba una etiqueta del color correspondiente a la gravedad de su estado, redactaba un diagnóstico preliminar, ordenaba las primeras pruebas y enviaba a los camilleros a la sala apropiada. La clasificación de las dieciséis personas desembarcadas entre las doce y las doce y cuarto de la noche terminó a las doce y media en punto, y los cirujanos cuya presencia se había requerido pudieron comenzar las primeras operaciones de aquella larga noche a la una menos cuarto.

Lauren había asistido al doctor Fernstein en dos intervenciones seguidas y no regresó a casa hasta que recibió la orden expresa del médico, quien la convenció de que el cansancio le hacía bajar la guardia, con el consiguiente peligro para la salud de sus pacientes.

Salió en plena noche del aparcamiento del hospital al volante de su Triumph y se dirigió a su casa a gran velocidad por las calles desiertas. «Estoy demasiado cansada y conduzco demasiado deprisa», se repetía una y otra vez para luchar contra la somnolencia, aunque la idea de volver a urgencias en camilla, y no por su propio pie, bastaba por sí sola para mantenerla despierta.

Pulsó el mando a distancia de la puerta del garaje y aparcó el viejo automóvil. Pasando por el pasillo interior, subió de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera principal y entró en su casa con una sensación de alivio.

Las agujas del reloj de péndulo colgado sobre la chimenea marcaban las dos y media. Lauren dejó caer su ropa al suelo en medio del gran salón. Completamente desnuda, pasó al otro lado de la barra para prepararse una infusión.



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