
Lauren había asistido al doctor Fernstein en dos intervenciones seguidas y no regresó a casa hasta que recibió la orden expresa del médico, quien la convenció de que el cansancio le hacía bajar la guardia, con el consiguiente peligro para la salud de sus pacientes.
Salió en plena noche del aparcamiento del hospital al volante de su Triumph y se dirigió a su casa a gran velocidad por las calles desiertas. «Estoy demasiado cansada y conduzco demasiado deprisa», se repetía una y otra vez para luchar contra la somnolencia, aunque la idea de volver a urgencias en camilla, y no por su propio pie, bastaba por sí sola para mantenerla despierta.
Pulsó el mando a distancia de la puerta del garaje y aparcó el viejo automóvil. Pasando por el pasillo interior, subió de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera principal y entró en su casa con una sensación de alivio.
Las agujas del reloj de péndulo colgado sobre la chimenea marcaban las dos y media. Lauren dejó caer su ropa al suelo en medio del gran salón. Completamente desnuda, pasó al otro lado de la barra para prepararse una infusión.
