Los tarros que adornaban la estantería contenían toda clase de hierbas, como si a cada momento del día le correspondiera un aroma. Dejó la taza en la mesita de noche, se acurrucó bajo el edredón y se durmió en el acto. El día anterior había sido demasiado largo, y el que se anunciaba exigía levantarse temprano. Aprovechando los dos días de fiesta, que por una vez coincidían con el fin de semana, había aceptado una invitación para ir a casa de unos amigos, en Carmel. Y aunque el cansancio acumulado justificaba plenamente dormir toda la mañana, nada habría podido hacerle retrasar aquel despertar tan temprano. A Lauren le encantaba ver amanecer en la carretera que, bordeando el Pacífico, une San Francisco con la bahía de Monterrey. Medio dormida, buscó a tientas el botón para enmudecer el despertador. Se restregó los ojos con las manos cerradas y dedicó la primera mirada a Kali, tendida en la alfombra.

– No me mires así. Ya no formo parte de este planeta. -Al oír su voz, la perra se apresuró a rodear la cama y apoyó la cabeza en el vientre de su ama-. Voy a dejarte dos días, pequeña. Mamá pasará a buscarte hacia las once. Aparta, voy a levantarme y a ponerte algo de comer.

Lauren estiró las piernas, dio un largo bostezo estirando los brazos hacia arriba y saltó de la cama con los pies juntos.

Pasó detrás del mostrador frotándose el pelo, abrió el frigorífico, bostezó de nuevo y sacó mantequilla, mermelada, tostadas, una lata de comida para perros, una bolsa abierta de jamón de Parma, un trozo de Gouda, una botella de leche, un cuenco de compota de manzana, dos yogures naturales, cereales y medio pomelo; el otro medio se quedó en el estante inferior. Como Kali la observaba moviendo la cabeza, Lauren la miró con cara de enfado y dijo:

– ¡Tengo hambre!

Como de costumbre, primero preparó el desayuno de su protegida en un pesado plato de barro.

A continuación llenó su bandeja y la llevó a la mesa de trabajo. Desde allí, volviendo ligeramente la cabeza, podía contemplar Sausalito y sus casas colgadas de las colinas, el Golden Gate que comunicaba los dos lados de la bahía, el puerto pesquero de Tiburón y, a sus pies, los tejados que se extendían, escalonados, hasta La Marina.



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