
Arthur estaba cansado y no entendía nada. Aquella mujer parecía francamente perturbada; él acababa de mudarse y lo único que quería era estar tranquilo.
– Sea buena chica, tome sus cosas y váyase a casa… En cualquier caso, salga de una vez del armario.
– Calma, no es tan fácil. No soy de una precisión absoluta, aunque en los últimos días esto está mejorando mucho.
– ¿Qué está mejorando desde hace unos días?
– Cierre los ojos, voy a intentarlo.
– ¿Qué va a intentar?
– Salir del armario. Es eso lo que quiere, ¿no? Pues cierre los ojos y cállese dos minutos, tengo que concentrarme.
– ¡Está usted loca de atar!
– ¿Quiere dejar de ser tan desagradable? Cállese y cierre los ojos, no vamos a pasarnos la noche con esto.
Arthur, desconcertado, obedeció.
Dos segundos después oyó una voz que venía del salón.
– No está mal. Justo al lado del sofá, pero no está mal.
Arthur salió precipitadamente del cuarto de baño y vio a la joven sentada en el suelo, en el centro de la habitación. Ella hizo como si no pasara nada.
– Me alegro de que haya dejado las alfombras, pero ese cuadro que ha colgado de la pared me parece horrible.
– Yo cuelgo los cuadros que quiero y donde quiero, y me gustaría acostarme, así que si no quiere decirme quién es no pasa nada, pero lárguese. ¡Váyase a su casa!
– ¡Estoy en mi casa! Bueno, estaba… Todo esto es tan confuso…
Arthur meneó la cabeza. El había alquilado ese apartamento hacía diez días y así se lo hizo saber.
– Sí, lo sé, es usted mi inquilino post mortem. La situación resulta bastante chocante.
– No sabe lo que dice. La propietaria es una mujer de setenta años. Además, ¿qué significa eso de «inquilino post mortem»?
– Menuda gracia le haría si le oyera. Tiene sesenta y dos, es mi madre y, en mi situación actual, mi tutora legal. Yo soy la verdadera propietaria.
