
– ¿Tiene una tutora legal?
– Sí. Dadas las circunstancias, en estos momentos tengo muchas dificultades para firmar papeles.
– ¿Recibe tratamiento en un hospital?
– Sí, es lo mínimo que se puede decir.
– Deben de estar muy preocupados. ¿Qué hospital es? La acompañaré.
– Oiga, ¿acaso me toma por una loca que se ha escapado de un manicomio?
– No, claro que no…
– Porque después de llamarme puta, ya es demasiado para un primer encuentro.
A él le importaba tres pimientos si era una call-girl o una loca de remate. Estaba hecho polvo y quería acostarse, simplemente. Ella no se movió y continuó con su rollo.
– ¿Cómo me ve?
– No entiendo la pregunta.
– ¿Cómo soy? Yo no me veo en los espejos. ¿Cómo me ve usted?
– Perturbada, muy perturbada -dijo él, impasible.
– Quiero decir físicamente.
Arthur dudó. La describió como una muchacha alta, de ojos muy grandes, boca bonita, facciones dulces que contrastaban totalmente con su comportamiento y manos largas que se movían con delicadeza.
– Si le hubiera pedido que situara una estación de metro, ¿me habría dado todas las correspondencias?
– Perdone, pero no la entiendo.
– ¿Describe siempre a las mujeres con tanta precisión?
– ¿Cómo ha entrado? ¿Tiene una copia de las llaves?
– No la necesito. ¡Es tan increíble que me vea!
Insistió de nuevo. Para ella era un milagro que la viesen. Le dijo que le había parecido muy bonita la forma en que la había descrito y lo invitó a sentarse a su lado.
– Lo que voy a decirle cuesta de entender y resulta imposible de admitir, pero si tiene la bondad de escuchar mi historia, si tiene la bondad de confiar en mí, entonces quizás acabe creyéndome, y es muy importante, porque usted es, sin saberlo, la única persona del mundo con quien puedo compartir este secreto.
