
Al día siguiente ella volvería a su casa, al hospital, a donde quisiera, y sus vidas seguirían caminos distintos. Pero Lauren no estaba de acuerdo. Se plantó delante de él, ceñuda, absolutamente decidida a hacerse escuchar, respiró hondo y le enumeró una sorprendente serie de cosas que había hecho durante los últimos días. Le reprodujo la conversación telefónica que había mantenido con Carol-Ann dos días antes, hacia las once de la noche. Ella le colgó justo después de que él le diera una lección de moral, bastante pomposa por cierto, sobre las razones por las que no quiere oír hablar más de su historia. «¡Créame!» Le recordó las dos tazas que había roto mientras vaciaba las cajas, «¡créame!», que se había despertado tarde y se había quemado con el agua de la ducha, «¡créame!», así como el tiempo que había pasado buscando las llaves del coche, cabreado consigo mismo. «¡Créame de una vez!» A ella, la verdad, le parecía que era muy despistado, porque estaban en la mesita de la entrada. La compañía telefónica había ido el martes a las cinco de la tarde y le había hecho esperar media hora. Y se había comido un sandwich de pastrami, se había manchado la chaqueta y se había cambiado antes de volver a salir.
– ¿Me cree ahora?
– Lleva varios días espiándome. ¿Por qué?
– ¡Oiga, que esto no es el Watergate! ¡La casa no está llena de cámaras y micrófonos!
– ¿Y por qué no? Sería más coherente que su historia, ¿no?
– ¡Tome las llaves del coche!
– ¿Para ir adonde?
– Al hospital. Voy a llevarlo a que me vea.
– ¡Faltaría más! Es casi la una de la madrugada y voy a presentarme en el hospital, que está en la otra punta de la ciudad, y a pedirles a las enfermeras de guardia que tengan la bondad de llevarme urgentemente a la habitación de una mujer a la que conozco porque su fantasma está en mi apartamento, que me gustaría dormir, pero que ella es muy cabezota y que es la única manera de que me deje en paz.