
La joven esbozó una sonrisa, con el rostro más distendido, y acabó por confesarle que, «en caliente», sin duda habría gritado; admitió que había circunstancias atenuantes, cosa que él le agradeció.
– Créame, Arthur, se lo suplico. Nadie puede inventarse una historia así.
– Por supuesto que sí. Mi socio es capaz de idear una broma de este calibre.
– Esto no es ninguna broma de su socio. ¡Olvídese de él!
Cuando Arthur le preguntó cómo sabía su nombre de pila, Lauren contestó que ya estaba allí desde mucho antes de que él se instalara. Lo había visto visitar el apartamento y firmar con el agente inmobiliario el contrato sobre el mostrador de la cocina. También estaba allí cuando habían llegado las cajas y cuando se le había roto la maqueta de avión al desembalarla. Para ser sincera, le había hecho mucha gracia el cabreo que había pillado, aunque lo sentía por él. También le había visto colgar aquel insípido cuadro encima de la cama.
– Es usted un poco maniático. Cambiar veinte veces de sitio el sofá para acabar poniéndolo en el único que queda bien… Era tan evidente que me entraban ganas de decírselo. Estoy aquí con usted desde el primer día. He estado todo el tiempo.
– ¿También está cuando me meto en la ducha y en la cama?
– No soy una mirona. Aunque…, bueno, reconozco que no está mal del todo.
Arthur frunció el entrecejo. La chica era muy convincente o, más bien, estaba muy convencida, pero él tenía la impresión de estar dando vueltas en redondo; aquella historia no tenía sentido. Si ella quería creerla, era cosa suya; él no tenía ningún motivo para intentar demostrarle lo contrario, no era su psiquiatra. Lo que él quería era dormir y, para conseguirlo, le ofreció alojamiento por una noche; él dormiría en el sofá del salón, «que tanto le había costado colocar bien», y le cedería el dormitorio.
