
El suplicó, invocó la excepción que confirma la regla, se dispuso a resignarse, con lágrimas en los ojos, y entonces vio que la enfermera cedía y miraba el reloj.
– Tengo que hacer la ronda -dijo-. Sígame sin hacer un solo ruido ni tocar nada, y dentro de quince minutos lo quiero fuera.
Arthur le tomó una mano y se la besó como muestra de agradecimiento.
– ¿Son todos así en México? -preguntó la mujer, esbozando una sonrisa.
Lo dejó entrar en el pabellón, invitándolo a acompañarla. Se dirigieron a los ascensores y subieron directamente a la quinta planta.
– Le llevaré a la habitación, haré la ronda y pasaré a buscarlo. No toque nada.
Empujó la puerta de la 505. La habitación estaba sumida en la penumbra. Tendida en la cama, iluminada por una tenue luz, había una mujer que parecía profundamente dormida. Desde la entrada, Arthur no podía distinguir sus rasgos.
– Dejo abierto -dijo la enfermera en voz baja-. Entre, no se despertará, pero lleve cuidado con lo que dice cerca de ella. Con los pacientes que están en coma, nunca se sabe. En cualquier caso, eso es lo que dicen los médicos. Lo que yo digo es otra cosa.
Arthur entró sigilosamente. Lauren estaba de pie junto a la ventana y le pidió que se acercara.
– Venga, hombre, no voy a morderle.
El no paraba de preguntarse qué hacía allí. Se acercó a la cama y bajó la mirada. El parecido era sorprendente. La mujer inerte estaba más pálida que su doble, que le sonreía, pero aparte de ese detalle sus rasgos eran idénticos.
– Es imposible. ¿Son hermanas gemelas? -preguntó Arthur, dando un paso atrás.
