– ¡Es usted desesperante! No tengo ninguna hermana. Soy yo, tendida ahí, soy yo misma. Ayúdeme e intente admitir lo inadmisible. No hay ningún truco y no está usted dormido. Arthur, sólo le tengo a usted, ha de creerme, no puede darme la espalda. Necesito su ayuda, es usted la única persona del mundo con quien puedo hablar desde hace meses, el único ser humano que percibe mi presencia y me oye.

– ¿Por qué yo?

– No tengo ni la más remota idea. En todo esto no hay nada coherente.

– «Todo esto» es bastante espeluznante.

– ¿Cree que yo no tengo miedo?

Sí, tenía miedo para dar y vender. Era su propio cuerpo el que veía marchitarse un poco más cada día, como un vegetal, tendido con una sonda urinaria y una perfusión para ser alimentado. No tenía ninguna respuesta para las preguntas que él hacía y que ella se hacía también todos los días desde el accidente.

– Tengo interrogantes que usted ni imagina.

Con mirada triste, le hizo partícipe de sus dudas y sus miedos.

¿Cuánto tiempo duraría ese enigma? ¿Podría volver a llevar la vida de una mujer normal aunque sólo fuera unos días, caminar, estrechar entre sus brazos a las personas que quería? ¿Para qué servía haber dedicado tantos años a estudiar medicina si iba a acabar así? ¿Cuántos días le quedaban antes de que le fallara el corazón? Se veía morir, y tenía un miedo cerval.

– Soy un fantasma humano, Arthur.

Él bajó la mirada, evitando la suya.

– Para morir hay que irse, y usted sigue aquí. Venga, volvamos a casa, estoy cansado y usted también.

Le pasó un brazo por los hombros y la estrechó contra sí, como para consolarla. Al volverse, se encontró cara a cara con la enfermera, que lo miraba extrañada.

– ¿Le ha dado un calambre?

– No. ¿Por qué?

– Como tiene el brazo levantado y la mano cerrada… ¿No es un calambre?

Arthur soltó de golpe a Lauren y dejó caer el brazo a lo largo del cuerpo.



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