
– Es una historia de locos, reconózcalo. Resulta difícil de admitir.
– Sí, pero no por eso vamos a quedarnos aquí y a pasarnos el resto de la noche repitiéndonoslo.
– Pues para lo que queda de noche…
– Aparque. Yo le esperaré arriba.
Arthur dejó el coche en la calle para no despertar a los vecinos con el ruido de la puerta del garaje. Subió la escalera y entró. Lauren estaba sentada en medio del salón, con las piernas cruzadas.
– ¿Quería ir al sofá? -le preguntó él, divertido.
– No, quería ir a la alfombra y estoy justo encima.
– Mentirosa. Estoy seguro de que apuntaba al sofá.
– ¡Le digo que quería sentarme en la alfombra!
– Es mala perdedora.
– Quería prepararle un té, pero… Debería acostarse, le quedan pocas horas de sueño.
Él le preguntó sobre las circunstancias del accidente. Ella le habló de los caprichos del «viejo inglés», el Triumph al que le tenía tanto apego, del fin de semana en Carmel a principios del verano anterior que había acabado en Union Square. No sabía qué había ocurrido.
– ¿Y su novio?
– ¿Mi novio?
– ¿Iba a verlo?
– Cambie la pregunta-dijo Lauren sonriendo-. Lo que debe preguntar es: «¿Tiene novio?»
– ¿Tenía novio? -repitió Arthur.
– Gracias por el imperfecto. Antes o después tenía que pasar.
– No me ha contestado.
– ¿De verdad le importa?
– No, lo cierto es que no sé por qué me meto en eso.
Arthur giró sobre sus talones y se dirigió al dormitorio. Invitó de nuevo a Lauren a descansar en la cama; él se instalaría en el salón. Ella le agradeció de nuevo su galantería, pero dijo que estaría perfectamente en el sofá. Él fue a acostarse. Estaba demasiado cansado para pensar en todo lo que implicaba esa noche; ya hablarían al día siguiente. Antes de cerrar la puerta le deseó buenas noches. Entonces ella le pidió un último favor.
