
– No la ve, ¿eh? -le dijo a la enfermera.
– ¿Que no veo a quién?
– ¡No, a nadie!
– ¿Quiere descansar un poco antes de irse? Lo noto un poco raro.
La enfermera quiso animarlo: aquello siempre impresionaba, era normal, ya se le pasaría. Arthur contestó hablando muy lentamente, como si hubiera perdido las palabras y estuviera buscándolas.
– No, estoy bien, me voy.
Ella le preguntó, preocupada, si encontraría el camino. El se rehizo y la tranquilizó: la salida estaba al final del pasillo.
– Entonces le dejo aquí, todavía tengo trabajo en la habitación de al lado. Hay que cambiar las sábanas…, un pequeño accidente.
Arthur se despidió y se alejó por el pasillo. La enfermera lo vio levantar de nuevo el brazo hasta ponerlo en horizontal y mascullar:
– La creo, Lauren, la creo.
Frunció el entrecejo y entró en la habitación contigua. «Está claro que a algunos esto les afecta mucho.» Arthur y Lauren montaron en el ascensor. Él tenía la mirada gacha y no decía nada; ella tampoco. Salieron del hospital. En la bahía soplaba un viento del norte que había llevado consigo una lluvia fina y penetrante. Hacía un tiempo de perros. El se levantó el cuello del abrigo para protegerse del frío y le abrió la portezuela a Lauren.
– Vamos a olvidarnos de los efectos atraviesaparedes y a poner las cosas en su sitio, por favor.
Lauren entró normalmente en el coche y le sonrió.
Regresaron sin pronunciar palabra. Arthur iba concentrado en la conducción; Lauren miraba las nubes por la ventanilla. Cuando llegaron a la puerta de casa, ella se puso a hablar de miedo sin apartar la vista del cielo.
– Me gustaba mucho la noche por sus silencios, sus siluetas sin sombra, las miradas que no se ven durante el día. Como si dos mundos compartieran la ciudad sin conocerse, sin imaginar la reciprocidad de la existencia del otro. Montones de seres humanos aparecen al ponerse el sol y desaparecen al amanecer. No se sabe adonde van. Los del hospital éramos los únicos que podíamos conocerlos.
