– ¿Cómo? -gritó él-. ¿No iba a despertarme?

– No estoy sorda, no sé Carol-Ann… Lo siento, me he dormido. No me había pasado desde que estoy en el hospital y esperaba celebrarlo con usted, pero ya veo que no está de humor. Vaya a arreglarse.

– Oiga, no hace falta que utilice ese tono burlón. Me ha hecho polvo la noche y ahora quiere machacarme la mañana. ¡Por favor!

– Compruebo que es usted muy amable por las mañanas -dijo Lauren en tono irónico-, pero lo cierto es que me gusta más cuando duerme.

– ¿Está haciéndome una escena?

– No remolonee y vaya a vestirse; todavía tendré yo la culpa de que llegue tarde…

– Pues claro que tiene usted la culpa, y si no le importa, tenga la amabilidad de salir, porque voy desnudo.

– ¿Ahora se ha vuelto púdico?

Él le rogó que le ahorrara una escena matrimonial nada más levantarse y tuvo la desafortunada ocurrencia de terminar la frase con un «porque si no…».

– ¡«Si no» son dos palabras que casi siempre están de más! -le espetó ella, antes de desearle en un tono ácido que tuviera un buen día y desaparecer súbitamente.

Arthur miró a su alrededor, dudó unos instantes y luego dijo:

– ¿Lauren?… Ya vale, sé que está aquí.

No obtuvo respuesta y se sintió decepcionado. Se duchó a toda velocidad. Al salir, repitió el ejercicio del armario y, ante la falta de reacción, se puso un traje. Tuvo que hacerse tres veces el nudo de la corbata.

– ¡Qué torpe estoy esta mañana! -masculló.

Una vez vestido, fue a la cocina y revolvió los objetos que había sobre el mostrador en busca de las llaves, pero las llevaba en un bolsillo. Salió de casa precipitadamente, se detuvo en seco, dio media vuelta y abrió la puerta de nuevo.

– Lauren, ¿todavía no ha vuelto?

Tras unos segundos de silencio, cerró con llave. Bajó directamente al aparcamiento por la escalera interior, buscó el coche, recordó que lo había dejado fuera, volvió a recorrer el pasillo corriendo y finalmente llegó a la calle. Al levantar la vista, vio a su vecino que lo miraba con perplejidad. Le dirigió una sonrisa forzada, introdujo torpemente la llave en la cerradura de la portezuela, se sentó al volante, puso el coche en marcha y salió disparado.



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