
Cuando llegó al estudio, su socio, que estaba en el vestíbulo, meneó varias veces la cabeza al verlo e hizo una mueca.
– Creo que deberías tomarte unos días de vacaciones -dijo.
– Ocúpate de lo tuyo y no me jodas la mañana, Paul.
– ¡Vaya, qué amable!
– ¡No irás a empezar tú también!
– ¿Has visto a Carol-Ann?
– No, no he visto a Carol-Ann. He acabado con Carol-Ann, lo sabes perfectamente.
– Para que estés así, sólo hay dos explicaciones: o Carol-Ann, o una nueva.
– No, no hay ninguna nueva. Y aparta, que voy con retraso.
– No sin que sueltes prenda, sólo son las once menos cuarto. ¿Cómo se llama?
– ¿Quién?
– ¿Te has visto la cara?
– ¿Qué le pasa a mi cara?
– Has debido de pasar la noche con un carro de combate. ¡Vamos, cuéntamelo todo!
– Pero si no tengo nada que contar…
– ¿Y tu llamada de anoche con todas esas tonterías…? ¿Con quién estabas?
Arthur miró desafiante a su socio.
– Oye, anoche comí una porquería, apenas he dormido y he tenido una pesadilla. Por favor, no estoy de humor, así que déjame pasar, se me hace tarde de verdad.
Paul se apartó, pero cuando Arthur pasó por su lado le puso una mano sobre el hombro.
– Soy tu amigo, ¿verdad? -Arthur se dio la vuelta y él añadió-: Si tuvieras problemas, ¿me los contarías?
– Pero ¿se puede saber qué te ha dado? He dormido mal esta noche, eso es todo, no hagas una montaña de un grano de arena.
– Vale, vale… La reunión es a la una y hemos quedado arriba de todo del Hyatt Embarcadero. Si quieres, vamos juntos; después volveré al estudio.
– No, iré en mi coche. Después tengo una cita.
