– Como quieras.

Arthur entró en su despacho, dejó la cartera y se sentó. Después llamó a su secretaria, le pidió un café, hizo girar el sillón hasta quedar frente a la ventana, se inclinó hacia atrás y se puso a pensar.

Unos instantes más tarde, Maureen entró en el despacho, con un portafirmas en una mano y un plato con un donut y una taza en el otro. Dejó el brebaje caliente en una esquina de la mesa.

– Le he puesto leche porque he pensado que es el primero de la mañana.

– Gracias. Maureen, ¿qué le pasa a mi cara?

– Parece decir: «Todavía no me he tomado el primer café de la mañana.»

– ¡Es que todavía no me he tomado el primer café de la mañana!

– Tiene algunos mensajes. Desayune tranquilamente, no hay nada urgente. Le dejo algunas cartas para firmar. ¿Se encuentra bien?

– Sí, me encuentro bien. Sólo estoy cansado.

En ese preciso instante, Lauren apareció en la estancia esquivando por los pelos la mesa y desapareciendo inmediatamente del campo de visión de Arthur al caer sobre la alfombra. Este se levantó de un salto.

– ¿Se ha hecho daño?

– No, no, estoy bien -contestó Lauren.

– ¿Por qué iba a hacerme daño? -preguntó Maureen.-No, usted no -repuso Arthur.

Maureen recorrió la estancia con la mirada.

– No somos muchos aquí.

– Pensaba en voz alta.

– ¿Pensaba en voz alta que yo me había hecho daño?

– No, estaba pensando en otra persona y me he expresado en voz alta, ¿a usted no le pasa nunca?

Lauren se había sentado con las piernas cruzadas en una esquina de la mesa y decidió increpar a Arthur.

– ¡No hace falta que me compare con una pesadilla! -le espetó.

– Pero si yo no la he llamado pesadilla…

– Sólo faltaría eso -intervino Maureen-. No encontrará pesadillas que le preparen café, puede estar seguro.

– ¡Maureen, no estoy hablando con usted!

– ¿Hay un fantasma en la habitación o padezco de ceguera parcial y estoy perdiéndome algo?



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