
Kat se había acercado con la intención de hacerle recapacitar sobre su comportamiento, pero, pensándolo bien, ya no le parecía tan buena idea.
Ella sabía lo que las chicas le habían contado, pero el hombre que estaba apoyado en la barandilla de su porche no parecía en absoluto una rata egoísta. Más bien parecía un hombre cansado.
En realidad parecía agotado. ¿Hacía cuántas semanas que ella ni siquiera lo miraba con atención? La luz de la luna delineaba los firmes contornos de su cara. Ella podía ver claramente las ojeras violáceas que tenía.
June le había dicho una vez cuántos años tenía su esposo, pero Kat se había olvidado. ¿Tendría treinta y siete, treinta y ocho? No parecía tener treinta y ocho. Llevaba el torso desnudo y su musculatura era la de un hombre mucho más joven. Su pelo abundante y ensortijado tenía el color del trigo. El sol lo había aclarado y hacía que contrastara con el bronceado de su piel.
No era guapo, pero tenía un atractivo varonil indiscutible. Era evidente que se trataba de un hombre que trabajaba duro y se divertía lo suficiente; tenía la mandíbula cuadrada y el ceño de un hombre acostumbrado a vivir de acuerdo con sus propios valores. Era un hombre vital y sin complicaciones.
Era corpulento y andaba con la gracia de un tigre en la selva, con una mezcla de poderío y discreción. Mick era fuerte, pero nunca parecía amenazante.
Sin embargo, a esa distancia, a Kat sí le pareció intimidante. Sintió un nudo en el estómago. A la luz del día, los ojos de su vecino eran azul claro. En ese momento eran muy oscuros, tan oscuros como la noche y se clavaban de manera tan intensa en la joven que su nerviosismo se hizo casi insoportable.
– No tienes por qué sentirte incómoda -dijo él con suavidad-. Somos vecinos y tú vives sola. Ya te he dicho antes que me puedes venir a ver cuando quieras.
