
– Yo.
– ¿Está goteando algún refrigerador? ¿Se te ha estropeado algún aparato en la cocina?
– Pues… no.
Mick levantó una ceja.
– No vienes con mucha frecuencia a charlar conmigo. Supuse que tendrías algún problema.
– Hay algo…
Pero Kat volvió a guardar silencio. Mick sonrió y dijo:
– Eres muy buena con mis hijas. Hablan de ti todo el tiempo. Hace mucho que tengo que darte las gracias.
– ¿Sí? Bien -Kat aspiró a fondo, sonrió y dijo insegura-: Es sobre ellas sobre lo que quisiera hablar contigo, si me lo permites.
– ¿Sobre mis hijas? Por supuesto, cuando quieras.
Una vez más, la joven volvió a respirar profundamente y se lanzó con determinación:
– Diantres, Mick, Angie necesita un sostén.
Mick la miró azorado.
– ¿Qué?
– Y sé que no es asunto mío -ya nada podía detener a Kat-, pero si fuera mi hija, iría a hacerle una visita a ese tal Johnny con un rifle cargado. Mick, Noel no es mi hija pero me preocupa tanto como si lo fuera. Y me parece magnífico que los chicos aprendan a tener responsabilidades, pero es demasiado para tus hijas limpiar toda la casa, lavar la ropa y preparar las comidas. Y aparte está la cuestión del sexo. Si te cuesta trabajo hablar con ellas de esos asuntos, podrías comprarles algunos libros bien documentados y serios o, al menos, decirles dónde pueden conseguir información fiable. No es que yo no quiera hablar de ello con ellas, pero no me parece correcto hacerlo sin tu consentimiento. ¿Cómo puedo saber cuánto quieres que ellas sepan? Y además está la comida. Ya sé que a nadie le gusta cocinar. Menos a un hombre. Pero lo menos que podrías hacer sería tener llena la nevera de cosas saludables, nutritivas. No sólo porquerías. Y Noel habla de hacerse otro agujero en la oreja…
– ¿Podrías darme un respiro? -la interrumpió Mick en tono apacible.
