
Mick bajó del estante superior una caja de cartón de la cual sacó una bolsa grande de papas fritas, varias barras de chocolate y otras golosinas.
– Angie la cambia de sitio todas las semanas -dijo Mick con naturalidad-. Desde que prohibí que se comieran porquerías en esta casa, se dedica a esconderlas. No te puedes ni imaginar lo que encontré el otoño pasado en mi sombrero de pesca en el armario del vestíbulo.
– Dímelo.
– Caramelos, bombones y chocolates que debían de llevar allí unos seis meses. ¿Tienes idea del efecto del calor en el chocolate?
Kat no se rió abiertamente, pero él la oyó reírse por lo bajo… y luego vio que sonreía de forma suave, tímida y muy femenina. Otra vez sintió que se le aceleraban los latidos de su corazón.
Mick la invitó a sentarse en una silla de la cocina y luego sacó una cerveza de la nevera. Le preguntó si ella quería una. Ella negó con la cabeza, pero al final accedió.
Antes que pudiera volver a cambiar de idea, Mick le puso delante una botella de cerveza, luego sacó otra para él, aunque tenía tan pocas ganas de beber como la joven. Quitarle la tapa le daba algo que hacer y al mismo tiempo le permitía controlar el extraño nerviosismo que había hecho presa de él de repente.
Kathryn lo desconcertaba, siempre lo había desconcertado. Con excepción de June, Mick nunca había sabido cómo comportarse con las mujeres. Pero Kat en particular lo hacía sentirse confuso, torpe y amedrentado.
Nunca sabía qué pensar de ella. Llevaba ropa de encaje y sombreros anticuados, pero también andaba por la calle en un auto deportivo. Llevaba un bolso tan grande como para meter dentro una ametralladora, y sin embargo sus hijas le habían contado que tenía en el salón un caballito de tiovivo. Parecía una camelia frágil, delicada, aunque tres años antes él la había visto arreglar su tejado sola, teja por teja. Y de forma eficiente.
