– Ahora que lo pienso, no puedo entender cómo pude creerlas. Debí suponer que mentían al quejarse tanto. Siempre se les ilumina la cara cuando se menciona tu nombre, y no sería así si no te ocuparas de ellas. Todo lo que puedo decir es que quiero a tus hijas y tiendo a protegerlas, mientras que a ti no te conocía en realidad; aún no te conozco. De cualquier manera, creo que te debo una disculpa.

– No me debes nada -por fin se le ocurrió a Mick que debía darle un vaso a su visitante. Se puso de pie, tomó un vaso, abrió la botella y vertió el contenido en el vaso-. Si mis hijas querían que te compadecieras de ellas, quizá era porque necesitan compasión -admitió a regañadientes-. Me acuso de no pasar suficiente tiempo con ellas. Quizá soy culpable de mucho más que eso. Ya sabes que soy ingeniero naval…

– Sí.

– Y hay muchos ingenieros en el negocio, pero pocos que trabajan sólo con madera, lo cual significa que tengo una demanda ilimitada si así lo deseo. Hace dos años, quería trabajar sin descanso. Quería tener tanto trabajo que no pudiera respirar, dormir, comer o pensar. De modo que lo busqué y lo conseguí.

Hizo con la mano un gesto de impotencia y desazón.

– No era que no pensara en Angie y Noel, pero me parecía que ellas estaban bien. Los tres tuvimos dos años para prepararnos para la muerte de June; el fin fue más un alivio que un golpe duro. Y ellas parecían aceptarlo mejor que yo, con más madurez. Pero no eran, ni son maduras. Sin embargo, cuando me di cuenta ya estaba hasta el cuello de contratos de construcción.

– No necesitas explicarme todo esto -murmuró Kat.

Pero él lo hizo. Necesitaba explicárselo a alguien. Y la mujer que estaba sentada enfrente de él, con la cara apoyada en las manos y expresión tierna en los ojos, lo escuchaba. Mick podía recordar a otras personas que habían querido escucharlo, pero que jamás habían demostrado un afán sincero por compartir su pena con él y comprenderlo.



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