
– ¿Un poco susceptible?
– ¿Un poco? Si la miras se pone a llorar. Le hablas y llora. Le preguntas si quiere un vaso de leche y sale del cuarto dando un portazo. Después de unos días vuelve a ser la misma de siempre, pero mientras tanto…
– Lo comprendo.
– ¿En verdad? Porque Dios sabe que lo he intentado, pero no lo entiendo. Pero si puedes entender eso, quizá podrás explicarme lo del teléfono.
– ¿El teléfono?
– Sí. El teléfono. Si hubiera un incendio, no habría manera de llamar a esta casa. Las chicas se pasan la vida colgadas del teléfono. Se peinan, friegan los platos, hacen los deberes e incluso se pintan las uñas mientras hablan por teléfono. ¿Crees que es normal en las mujeres? ¿Por qué les gusta tanto hablar por teléfono? ¿No hay ningún remedio contra eso? Y… ¡diantres! ¿Quieres dejar de reírte?
– No me estoy riendo.
– Estabas a punto -gruñó Mick, pero el brillo que vio en los ojos de su vecina fe encantó.
Igual que ella. Estaba lo bastante cerca para oler su perfume. No era francés ni exótico como él había pensado. Era un aroma fresco, ligero e inocente. A Mick le intrigaba cada vez más esa mujer tan contradictoria. ¿Cómo podía haber vivido cinco años en la casa de al lado sin haberla oído reírse nunca?
De modo que siguió con su retahíla de lamentaciones de padre.
– Esto de ser padre antes era muy divertido. Cuando mis hijas eran más pequeñas, solíamos ir a Hunting Island para pescar y recoger conchas en la playa. Todo lo que necesitábamos era una mochila cada uno y una cesta con comida. Ahora Noel necesita cuarenta y siete maletas, la más grande llena de aparatos eléctricos, antes de que… ¿no te estarás riendo de mí otra vez?
– No. Te lo juro. No.
– Y las dos se han vuelto solapadas. Nunca lo habían sido. Eran unas niñas abiertas, francas y alegres. Noel me preguntó si podía ponerse pendientes y yo le dije que sí. Ahora sus orejas parecen un árbol de navidad. ¿Debería haberle dicho que no?
