– ¡Hola, Kat!

– ¡Hola, Kat! ¡Llegas tarde a casa!

Su sueño, en especial la parte de la desnudez y la soledad, se desvaneció en el momento en el que vio a esas dos quinceañeras subiendo alegremente los escalones de su portal. Era evidente que las hijas de Mick Larson habían estado esperando a que llegara a casa… y no era la primera vez.

Kat se sintió frustrada, pero no por mucho tiempo. Las dos chicas que andaban con garbo hacia ella y sonreían siempre le daban pena. Angie, a sus trece años, era la típica niña desvalida. Llevaba el pelo rubio rizado a lo Shirley Temple y su cuerpo delgado estaba oculto bajo una de las camisas de su padre; Kat supuso que había elegido esa prenda, para ocultar sus senos que comenzaban a crecer.

La hija mayor de Mick, Noel, carecía por completo de la timidez y recato de su hermana. Tenía quince años y parecía estar dispuesta a conseguir algún cliente en la esquina más cercana. Su color favorito era el negro. Llevaba puestos unos pantalones cortos negros muy estrechos y una blusa del mismo color. Tenía tres pendientes en cada oreja y el pelo engominado. Si Kat la miraba con atención, podría ver un par de preciosos ojos ocultos por capas y capas de rimel.

– Hola, preciosas -Kat metió la llave en la cerradura, le dio la vuelta y se apartó. Las dos muchachas entraron en su casa a toda velocidad-. ¿Su padre ha tenido que trabajar hasta tarde otra vez?

– Papá tiene un trabajo muy importante -contestó Angie.

– No lo dudo -no había acritud en la voz de Kat, pero la expresión de las chicas la llenó de indignación. Le agradaban las jovencitas. El que se merecía una reprimenda era su padre.

Mick Larson se había volcado de lleno en "trabajos muy importantes" desde que murió su esposa dos años antes. Todo el mundo quería a June. Era una mujer de gran corazón y cuando murió, todo el vecindario intentó consolar a Mick.



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