
Kat no lo conocía entonces lo suficiente para brindarle consuelo. No es que él no fuera amable, sino que el noruego nunca parecía sentirse tranquilo cerca de la joven y a ella le ocurría lo mismo. Kat había tratado de ayudar dedicándoles algo de tiempo a las hijas de su vecino, pero eso no bastaba para aliviar el dolor de Mick.
Algún día Mick Larson tendría que darse cuenta: sus hijas se habían descarriado porque él no se ocupaba de ellas. Angie necesitaba un sostén. Noel se pintaba como Madonna. Las dos se fueron del colegio en invierno y en verano iban a su casa con chicos poco recomendables. Noel andaba con un bobo que tenía una moto tipo Angeles del Infierno y Angie…
– ¿Puedo comer algo, Kat? No tenemos nada en la nevera. No hay nada que comer en toda la casa.
– No necesitas pedirlo. Sírvete lo que quieras, cariño. Ya sabes dónde está todo -todavía en el vestíbulo, Kat se quitó el broche de sus zapatos estilo antiguo.
Tardó casi dos minutos en quitarse esos complicados zapatos. Eso debería haber conseguido que se pusiera de mejor humor. Pero no fue así. La situación parecía deteriorarse cada vez más en la casa de al lado. Mick ya ni siquiera tenía comida para las chicas.
Noel regresó con un vaso de limonada en la mano.
– Llevas un vestido precioso -comentó la chica con admiración-. Te sienta fenomenal.
– Gracias, bonita -dijo Kat con cierta ironía. Era evidente que el piropo de la muchacha no era más que un gesto de diplomacia.
– Kat, me gustaría saber… si te estorbamos, podemos irnos a casa.
A pesar de todo el maquillaje que llevaba. Noel parecía tan insegura, tan inocente y vulnerable que Kat sintió que se conmovía. Maldijo al padre de las chicas en silencio.
– No me estorbarían nunca -se apresuró a decir-. Si no hubieran venido me habría pasado una larga noche aburrida sin nadie con quien charlar.
– ¿De verdad?
– Sí-Kat preparó un plato con quesos y frutas. Las chicas lo devoraron ávidamente como dos muertas de hambre.
