Eran demasiado curiosas. Kat se colocó intencionadamente detrás de la puerta del armario antes de quitarse la blusa de manga larga pero de nada le sirvió su estrategia. Noel y Angie se cambiaron de sitio para poder seguir mirándola.

No tenía nada de malo desnudarse delante de las chicas. Pero se dijo que unos hombres en un bar no mirarían a una mujer con mayor descaro que unas adolescentes.

Las pecas de sus hombros fueron juzgadas con la misma gravedad que las huellas de sus medias alrededor de la cintura. Kat se puso unos pantalones cortos blancos porque Noel observaba extrañada sus bragas de encaje. Escogió una blusa ligera ya que hacía mucho calor, y se puso un sostén al ver que Angie estudiaba atentamente sus senos.

– Cuando tenga tu edad me gustaría tener una figura como la tuya -comentó la chica.

– Gracias.

– Apuesto a que los hombres se te quedan mirando. Yo me moriría si un chico me mirara. Sobre todo ahí arriba.

Kat sólo tuvo que mirar a Angie para recordar lo doloroso que era tener trece años.

– Por suerte los chicos no están interesados en una vieja de treinta y tres años -murmuró.

– En realidad no eres tan mayor, ¿verdad, Kat?

Kat se rió.

– Me temo que sí.

– No te preocupes. Sigues siendo muy guapa -la tranquilizó Noel con aire condescendiente-. Tengo los muslos muy gordos; ¿crees que debería ponerme a régimen? ¡Oh! ¡Esto es maravilloso! ¿De verdad te lo pones?

Kat tomó con delicadeza el camisón de seda negra de manos de Noel y lo dejó en el armario detrás de sus zapatos rojos.

– A veces. Y no, no creo que debas ponerte a régimen. Creo que estás bien así.

– Estas son unas bragas francesas, ¿verdad? ¿Piensas que soy demasiado joven para llevar ropa como esta?



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