
– Cuando una mujer llega a cierta edad, sabe estas cosas de manera automática, ¿verdad, Kat? -luego se dirigió otra vez a Angie-: Ya te lo dije. Una ducha vaginal es una especie de tampón -vaciló-. Creo.
El dolor de cabeza que tenía Kat se estaba haciendo cada vez más intenso.
– Ya hablaremos de ello, ¿de acuerdo! En cuanto sirva la limonada -indicó Kat, procurando parecer despreocupada.
Alrededor de medianoche, Kat renunció a intentar dormir y fue hacia el porche de su casa con una copa de jerez. Todavía hacía calor. La luz de la luna se filtraba entre las ramas de los cipreses al otro lado del patio. Las luciérnagas dibujaban sus trazos luminosos en las rosas silvestres. Del jardín se desprendía un aroma denso y cálido.
Apoyada en la barandilla del porche, Kat le dio un sorbo a su jerez e hizo una mueca. Se dijo que no había nada más dulce y empalagoso que el jerez. A veces le gustaba tomarse un vaso de buen vino. Pero siempre se le olvidaba comprarlo.
Como una niña que debe tomarse su medicina, le dio otro trago al licor. Esperaba que el vino la adormilara. Pero no daba resultado. Contaba con que el aire fresco la relajara. Pero tampoco funcionó. Scarlett OHara, la de Lo que el Viento se llevó, hubiera disfrutado de una noche como esa con la luna creciente, los aromas de la madreselva y las rosas silvestres. Pero el amor era algo prohibido para Kat. Normalmente tenía la suficiente fuerza de voluntad para escapar de las ataduras y las complicaciones sentimentales.
Pero su fuerza de voluntad no le bastaba para dejar de preocuparse por sus vecinitas.
Le dio otro sorbo a la "medicina", pero de repente no la pudo tragar. En el patio de al lado, oyó cómo se cerraba una puerta. Hacía varias horas que las luces estaban apagadas en la casa de los Larson. Pero alguien estaba levantado.
Mick. La luz de la luna brilló en su cabeza rubia unos segundos antes que él se perdiera en las sombras del porche. Luego Kat oyó el crujido de la mecedora, y después el ruido seco de una lata al abrirse.
