
Mientras contemplaba aquellos ojos ensombrecidos por el deseo, Casey se quedó inmóvil. Era una lucha sin sentido e indigna y había ' sido muy tonta al creer que podría controlarlo. Sintió el vello del pecho contra sus pezones, y una nueva y desconocida sensación recorrió todo su cuerpo, ni siquiera quería eso. Era orgullo lo que la mantenía reacia y rígida. Pasó un minuto hasta que él se dio cuenta de que ella había dejado de oponerse.
– ¿Casey? -murmuró él con ternura. Fue sólo orgullo lo que la hizo esconder su cara.
– Anda, Gil. Acaba de una vez -pálido, él retrocedió como si lo hubiera golpeado.
– Qué atractivo. ¿Acaba de una vez? -sonrió con desprecio-. Casi tan atractivo como hacerle el amor a un pescado muerto.
– No creo que el amor tenga algo que ver con esto, ¿y tú?
El gimió, deslizó las piernas y se sentó en el borde de la cama.
– ¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho? -Casey se quedó mirando el techo segura de que no necesitaba respuesta.
El lecho rechinó cuando Gil se levantó y abrió la puerta del ropero, y cuando se acercó a verla, de nuevo, llevaba puestos unos jeans y una sudadera.
– Te pido mil disculpas, Casey -dijo con frialdad-. Perdí el control, no lo hice a propósito y te juro que no volverá a suceder. Cuando decidas que quieres ser mi esposa legítima quiero que me lo digas.
– ¡No antes del día del juicio! -juró ella y lo decía en serio.
– ¿Tan pronto? -colocó una mano en su corazón y fingió una caravana de burla-. Más de lo que me merezco, estoy seguro -abrió la puerta y ella escuchó sus pisadas por la escalera. Se estremeció cuando él azotó la puerta principal al salir.
Ella esperó lo que le pareció mucho tiempo, pero él no regresó. Al fin se cubrió con las colchas y se soltó a llorar en silencio.
Se preguntó cuántas mujeres habrían llorado en ese lugar. Con seguridad ninguna, porque ella tenía demasiado orgullo para admitir que amaba al hombre con quien se había casado. Era difícil cuando se trataba de un contrato comercial y el amor no estaba en la agenda.
