Se puso de pie y corrió al guardarropa, para elegir lo que se iba a poner. El gris no. No para Gil. Detuvo la mano sobre el vestido de jersey negro que había comprado hacía meses por un impulso y que no había estrenado. Siempre le había parecido demasiado corto para usarlo cuando salía con Michael, él no hubiera dicho nada, claro, era todo un caballero, pero no quiso arriesgarse. Sin embargo, ahora la invadió de pronto un ansia de desafío. Si iba a almorzar con alguien tan inadecuado como Gil Blake, entonces se vestiría inadecuadamente. Le pareció la elección perfecta.

Tomó una ducha rápida y luego se aplicó un poco más de maquillaje que el de costumbre, pero con mucho cuidado. Se levantó el cabello en un moño, dejando caer mechones a los lados de sus mejillas, y luego se puso del perfume que usaba siempre en las noches. Colocó dos grandes arracadas en sus orejas y sonrió al ver el resultado en el espejo.

Se metió el ceñido vestido negro que mostraba todas sus curvas a la perfección y revelaba sus piernas con medias negras más de lo que hubiera querido, pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Se acomodó el cuello alto, hasta que estuvo satisfecha, y luego se puso zapatos negros de tacón alto. Después de tomar un chal de cachemira negro, su diminuta bolsa y, verse una vez más al espejo, abrió la puerta y descendió por la escalera. Faltaban cinco para la una. Le tomaría diez minutos llegar al Bell. Perfecto, lo suficiente para hacerlo esperar, pero no tanto para que pudiera irse.

Entró al Bell detrás de dos hombres de negocios, y él no la notó de inmediato.



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