
– Casey, se te hizo tarde. Ven a sentarte junto a la chimenea -contempló su vestido y esbozó una sonrisa-. Debes tener frío -Casey se ruborizó, arrepentida del estúpido impulso que la hizo ir vestida de manera criticable a un sitio tan exclusivo-. Ordené champaña. Me pareció apropiado -se inclinó, tomó la botella de la hielera y sirvió dos copas. Las levantó y le ofreció una a ella-. ¿Brindamos? -ella tomó la copa y bebió indecisa-. Como no llegabas ordené por ti. Espero que no te importe -este hombre elegante y decidido era un extraño. No era el alocado jovencito que le había robado el corazón, y casi todo lo demás, tantos años atrás.
– ¡Gil! -susurró suplicante y él arqueó la ceja.
– ¿Qué pasó? -preguntó él mirando su traje-. ¿Esperabas verme en pantalón de mezclilla y camiseta? -señaló a su apariencia-. Si es así, querida, tú estás un poco… no, no exageremos. Nadie diría que te has engalanado.
– Si hubiera sabido que me invitaste para insultarme, jamás hubiera venido -replicó ella furiosa.
– Te invité a almorzar para discutir una proposición de negocios. Si hubiera imaginado que vendrías vestida como una ramera cara, te hubiera llevado a otro lugar-dejó notar cierta burla en los labios.
– Me inclino ante tu experiencia en ese renglón, Gil -la chica se ruborizó-. Personalmente, nunca he conocido a una ramera cara.
– Su mesa está lista, señor. Gustan seguirme, por favor -el mesero interrumpió su desagradable conversación. Gil se puso de pie y se hizo a un lado para que ella siguiera al camarero.
