– Con este anillo te desposo, con mi cuerpo te idolatro… -esbozó una sonrisa de burla de sí mismo cuando añadió-: Y te hago partícipe de todos mis bienes terrenales.

Para cuando escuchó al fin las palabras: "Los declaro marido y mujer", Casey estaba tan tensa que pensó que se iba a desmoronar.

– ¿Catherine? -murmuró Gil, cuando ella lo miró a la cara, y un brillo apareció en sus ojos-. Nunca supe que ese era tu nombre.

– ¿Gilliam? -ella no pudo igualar la sonrisa, pero estaba decidida a copiar el tono burlón-. ¿Qué clase de nombre es ese? -él levantó un hombro, titubeó por un momento y luego rozó sus labios con los suyos-. Es el nombre del hombre con el que te acabas de casar. No te atrevas a olvidarlo.

Afuera los esperaba el tañir de las campanas, el confeti y las felicitaciones. El fotógrafo los obligó a tomar diferentes poses y Casey concluyó que para los asistentes debió haber sido una boda normal. Luego divisó a Michael, pálido e incrédulo, entre las columnas del patio de la iglesia. El tierno y agradable Michael que nunca exigía nada. Gil observó su mirada y endureció su boca, que formó una línea.

– ¡Basta! -regañó al fotógrafo y sin advertirle la levantó en brazos y la cargó por el sendero arenoso hasta el Jaguar que esperaba afuera. La depositó sin aliento y furiosa en el asiento trasero, y azotó la puerta tras de ella. Vamonos -le ordenó al chofer que lo miraba sorprendido. El frustrado fotógrafo todavía trataba de tomar fotos de ellos subiendo al auto, pero a Gil Blake no le interesaban las fotografías; toda su atención estaba concentrada en la novia-. Michael Hetherington tuvo su oportunidad, Casey. La desperdició. ¡Olvídalo! -antes de que ella pudiera retroceder la tomó de la cintura y la acercó junto a él. La besó presionando sus labios, para quitarle la menor duda de que intentaba ocuparse de que ella lo olvidara.



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