
El debió entrar al lecho en la madrugada, y ahora estaba acostado junto a ella respirando profundamente, por lo que dedujo que estaba bien dormido.
Casey se quedó rígida por un momento; luego, al notar que él no se movió más, sé relajó y disfrutó del placer de sentir su cuerpo, de aspirar su aroma masculino y cálido; recordó cuánto había deseado precisamente eso. Qué fácil sería estar en sus brazos, despertarlo con un beso y permitir que le hiciera el amor.
Demasiado fácil. El había decidido humillarla, pensó. Suspiró y se deslizó fuera del lecho. El se movió y se recostó sobre la espalda, dejando caer un brazo en el espacio que ella había desocupado.
Dormido parecía más joven; un mechón de cabello oscuro caía en su frente. Era casi el Gil Blake que había conocido seis años atrás y por quien había perdido la cabeza, locamente enamorada. Casi. Tomó con rapidez un montón de ropa y salió corriendo al retrete de la planta baja donde estaba más segura, porque podía cerrar la puerta con llave. Después de tomar un baño, vestirse y cepillar su cabello, sintió que tenía mayor control de sí misma. Mientras hervía el agua se puso a revisar el contenido de los anaqueles. Casi no había nada, pero encontró jabón de lavar. Estaba parada en la mesita desenganchando las cortinas cuando escuchó a Gil que bajaba por la escalera.
– Me alegro de que al menos tomes en serio tus obligaciones caseras -comentó, acercándose cuando ella desenganchaba el último gancho. Levantó las manos y las colocó en su cintura. Esbozó una sonrisa al notar como lo miraba. Muévete, así, muy bien. Me vendría bien un desayuno.
– Serías tan amable de descolgar las cortinas de arriba mientras yo lo preparo -le sugirió ella, en el tono más pedante que sabía emplear.
– No, gracias. Tengo que ir a recoger un documento. Eso te mantendrá ocupada mientras yo estoy en el trabajo.
