
– ¿Ni siquiera es socio? ¿Crees que podrá salvar a tu padre? Tendrá que vaciar su bolsillo. Tu padre tiene serios problemas -su rostro era inexpresivo-. Quizá piense que vales la pena. Me lleva ventaja.
Casey lo había escuchado con creciente sensación de pánico. Gil Blake estaba perfectamente enterado de lo que había sucedido.
– ¿Cómo sabes que mi padre tiene problemas?
– Porque siempre averiguo lo que me interesa. Siempre navegó con la corriente e hizo lo que quiso. Tarde o temprano tu padre tendría que estancarse; le pasa a gente como él. Yo no tuve más que esperar -sonrió y se recargó en el respaldo; por fin terminó el chocolate de menta.
– ¿Por qué tenemos que casarnos, Gil? ¿No te daría lo mismo sin la bendición de la iglesia? -él dejó de sonreír.
– ¿Para que regreses corriendo con Hetherington después de que este ogro haya terminado contigo? No, Casey. Todo o nada -ella se puso de pie y-él también; y ya no podía permanecer sentada escuchando esa pesadilla. Sintió un dolor en el corazón. Gil le entregó una tarjeta-Tú y yo Casey, tenemos negocios pendientes. Llama a este número cuando hayas tomado una decisión. Lo único que tienes que decir es "sí" o "no" -ella lo miró de frente con el rostro pálido.
– Te lo puedo decir de una vez, Gil Blake. La respuesta es no.
– Espero oírlo. No te tornes mucho tiempo. Podría cambiar de opinión -movió la cabeza indicando que estaba satisfecho con la proposición-. Ya puedes irte.
Ella abrió la boca. Luego La cerró. La habían despedido. Casey giró sobre sus altos tacones y con la cabeza erguida, abandonó el Bell, jurando para sí no volver a pisar el recinto.
A la mañana siguiente, cuando despertó, Casey abrió los ojos y durante un instante de pánico empujó el peso que la presionaba.
Luego Gil se movió y recordó con claridad dónde estaba. Estaba oprimida contra el pecho del hombre con quien había contraído matrimonio, el cuerpo desnudo de él acomodado a lo largo de su espalda; yacían juntos allí como tórtolos sumergidos en la mitad del viejo colchón.
