La señora Schmitt hizo algo que nunca había hecho hasta ese momento: se sentó en presencia de la patrona. Dejó caer su pesado cuerpo sobre un pequeño taburete, y la carne sobrante pareció derramarse sobre el borde, como un soufflé cuando se abre la puerta del horno.

– No sé -dijo, moviendo la cabeza con aire de fatiga-. Últimamente, me siento mareada cuando soplo esos moldes para helado. ¡Y tanta prisa…! Hay días que tengo palpitaciones en el corazón.

– Por favor, señora Schmitt…

Levinia unió las manos como una cantante lírica entonando un aria:

– Yo… No sé qué haría sin usted, ahora, en mitad del verano, aquí en el campo. No sé cómo podría reemplazarla.

La señora Schmitt apoyó su carnoso antebrazo, con la manga enrollada, sobre la mesa de madera llena de marcas, en el centro de la cocina, mientras observaba a la patrona y pensaba.

Lavinia se retorció las manos.

La señora Schmitt al ver que Ruby y Colleen seguían inmóviles, con la boca abierta, junto al fregadero, les hizo un simple ademán, sin pronunciar palabra, por indicarles que volviesen al trabajo.

Levinia dijo:

– Tal vez la convenzan tres dólares más por semana.

– Oh, señora, sin duda eso sería agradable, pero no me aliviaría el trabajo, más aún si él se va -respondió la cocinera, señalando a Harken con el pulgar, sobre su hombro.

– Estoy dispuesta a poner una doncella extra en la cocina.

– Para serle sincera, señora, no tengo mayores ganas que usted de entrenar a una nueva criada. Aceptaré, y le agradezco el aumento, pero si yo me quedo, él se queda. Es un buen trabajador, el mejor que tuve jamás en la cocina, y es voluntarioso. Además, hace el trabajo pesado de recoger, transportar y lavar las verduras, y pronto empieza la época de envasar las conservas, como usted sabe. Esas ollas para hervir son muy pesadas.



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