Lorna los miró como si se hubiesen vuelto locos, y pasó otra vez por la puerta vaivén.

Cuando se fue, Gideon dijo en voz mucho más baja:

– Está bien, Levinia, puede quedarse.

– Y la señora Lovik también. No tengo el menor interés en pasar el verano entrenando a un ama de llaves nueva.

– Está bien, está bien…

Alzando las palmas, Gideon se dio por vencido.

– Pueden quedarse las dos, pero dile a ese… a ese… -con dedo tembloroso, señaló hacia la puerta de la cocina advenedizo que saque su pellejo de mi casa en el término de una hora pues, de lo contrario, lo usaré para tapizar una de las sillas, ¿entendiste?

Con un mohín y alzando la nariz, Levinia se dio la vuelta y se dirigió a la cocina.

Allí, todos estaban hablando a la vez, hasta que entró Levinia y cesó el parloteo. Las doncellas, que lavaban los platos en el fregadero, dejaron las manos laxas. Harken y la señora Schmitt, junto a la caja para el hielo, interrumpieron una discusión y, casi sin darse cuenta, cerraron las bocas. Hacía casi treinta y cinco grados, había vapor y todavía se percibía el olor de las coles. Por la cabeza de Levinia pasó la idea fugaz de que prefería comer alimentos crudos antes que cocinar en ese lugar.

– Señora Schmitt, mi marido habló de manera precipitada. Espero que no se ofenda. La cena de esta noche estuvo espléndida, y me agradaría mucho que se quedara.

La señora Schmitt hizo una breve y ruidosa aspiración por la nariz, cambió el peso del cuerpo a la otra pierna, y se enjugó el sudor que tenía bajo la nariz con la falda del delantal.

– Bueno, no sé, señora. Mi madre va a cumplir ochenta años, y está sola desde que murió mi padre. Estuve pensando que ya es hora de dejar este trabajo tan pesado y dedicarme a cuidarla. Tengo algo de dinero ahorrado y, para serle sincera, yo misma me siento fatigada.

– Vamos, no diga eso. Está tan ágil como el día en que la contraté. Mire qué cena tan magnífica nos ha preparado, casi sin tropiezos.



15 из 403