Para distraer la atención de los presentes, Lorna dijo:

– Vamos, cantemos todos: "Después del baile".

Al instante, Taylor Du Val se colocó detrás de Lorna, le apoyó las manos sobre los hombros y comenzó a cantar con brío. Taylor era un buen compañero, siempre dispuesto a hacer lo que Lorna proponía. Pero como los demás se limitaban a mirar, cerró la tapa del piano y le sugirió a Taylor que salieran a la terraza.

De inmediato, su hermanita, Jenny, se levantó de un salto y anunció:

– ¡Yo también voy!

Lorna se fastidió: ¡qué peste resultaba una hermanita de dieciséis años! Ese era el primer verano que Levinia le permitía a Jenny quedarse hasta más tarde con los mayores en ocasiones como la presente y, desde entonces, perseguía a Taylor. No sólo le hacía caídas de ojos cada vez que tenía ocasión, sino que corría a contarle a Levinia todo lo que ellos hablaban.

– ¿No es hora de que vayas a la cama? -preguntó Lorna, con intención.

– Mamá dijo que podía quedarme hasta la medianoche.

Lorna miró a Taylor que, tras la espalda de Jenny, le hizo un gesto de resignación y se encogió de hombros.

Lorna disimulé la sonrisa y dijo:

– Oh, está bien, puedes venir.

La terraza atravesaba toda la fachada principal y seguía el contorno de la casa en las dos esquinas. Sillas de mimbre, mesas y chaise longues estaban repartidas por la terraza, bañada por la luz que salía de las ventanas del saloncito y del comedor pequeño. Olía a las rosas de una enredadera que trepaba por un enrejado y al moho de los almohadones que habían estado guardados todo el invierno.

La propiedad estaba situada en el extremo Este de la isla Manitou, y el lago White Bear se extendía siguiendo el contorno de una hoja de trébol hacia el Norte, el Este y el Sur, y el pueblo de White Bear estaba situado en la costa, hacia el norte, en la bahía Snyder.



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