La casa estaba construida a unos veintidós metros del agua, y el patio se abría en abanico alrededor, dando paso a los jardines, a la huerta, y al invernadero, donde un equipo completo de jardineros mantenía las flores de Levinia y a toda la familia con sus productos, tanto en verano como en invierno.

En esa noche cálida de verano, los frutos del trabajo de los jardineros perfumaban el aire. Era junio, y los jardines estaban en todo su esplendor, las fuentes importadas de Italia gorgoteaban como música de fondo. Había salido la luna y parecía una trompeta dorada sobre el agua. A lo lejos, se oía el mido de la lancha de motor Don Quijote que regresaba al muelle de la ciudad cargada de asistentes a un concierto en el Ramaley Pavilion, al otro lado del lago. Cerca del lago, el puerto de la misma Rose Point, como un dedo y, junto a él, el mástil que se balanceaba apenas, lamido por las olas suaves.

Sin embargo, ese ambiente romántico era un desperdicio esa noche. Jenny apreté el brazo de Lorna en cuanto llegaron a la sombra.

– ¡Lorna, cuéntame qué pasó en la cocina! ¿Papá volvió allí? ¿Qué fue lo que pasó?

– No debemos hablar de eso delante de Taylor, Jenny. ¿Qué modales son esos?

– Oh, no importa -dijo el aludido-. No olvides que soy un antiguo amigo de la familia.

– Vamos, Lorna, cuéntame.

– Bueno, no lo sé todo. Lo que sé es que papá quería despedir a la cocinera, y mamá no se lo permitió.

– ¿A la cocinera? ¡Pero si a todos les encanté la comida de esta noche!

– No sé. Papá jamás había estado en la cocina, en su vida, y mucho menos en medio de una cena formal, y mamá estaba furiosa con él. Se gritaban de un modo que parecía que iban a matarse.

– Lo sé. Se podía oír desde el comedor, ¿no es así, Taylor?



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