La cena debió ser una celebración de triunfo, pues el Club de Yates de Minnetonka, con mucho bullicio y mucha publicidad para ese floreciente deporte, desafió al Club de Yates de White Bear a una serie trianual de regatas, la primera de las cuales se corrió ese día. En una sociedad en la que la navegación a vela se había convertido en una obsesión, y en la que sus miembros tenían un ansia casi rabiosa de ganar, la derrota de esa tarde dejó un sabor tan amargo como si hubiesen perdido un juicio.

– ¡Maldición! -explotó Gideon, dando un puñetazo en la mesa-. ¡No puedo creer que no haya ganado ninguno de nosotros!

Todavía usaba los pantalones blancos y el suéter azul con las iniciales del club en grandes letras blancas sobre el pecho.

– ¡Cualquiera sabe que el Tartar es más veloz que el Kite!

Barnett golpeó otra vez la mesa y las copas tintinearon.

Desde el extremo opuesto de la mesa, Levinia arqueó la ceja izquierda y le lanzó una mirada de reproche: la cristalería era Waterford, y pertenecía a un juego de veinticuatro piezas.

– ¡Tendríamos que haber cambiado los planes de navegación! -continuó Gideon

– ¿Cambiar los planes de navegación? -repitió el amigo, Nathan Du Val-. La nave ya lleva más de doscientos metros de vela, Cid, y tú sabes que eso es más de lo que puede cargar un barco de cinco metros.

– Tendríamos que haberlas hecho de seda, para que fuesen más livianas. ¿No dije yo, acaso, que teníamos que probar con velas de seda?

Nathan continuó, con mucho más control sobre sí mismo que Gideon:

– Gid, el problema no es con el velamen, sino con el arrastre. Me parece que el fondo del Tartar es muy pesado.



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