Lorna la abrió y, al sentir el olor a coles de Bruselas, dio un respingo pero, de todos modos, bajó.

Cuando abrió la puerta de la cocina y espió dentro, vio que aún había allí cuatro personas: dos criadas, la cocinera, señora Schmitt, y ese muchacho Harken, el que había dejado caer el plato de su madre. Las criadas estaban guardando los últimos platos. La señora Schmitt cortaba jamón y Harken barría el suelo. "¡Por Dios, es un atentado para la vista!", pensó Lorna, observándolo un momento antes de que él advirtiese que ella estaba ahí.

Por fin, se dio cuenta de que era impropio admirar a un criado, y dijo:

– ¡Hola!

Todos se quedaron inmóviles.

La primera en recuperar los modales, fue la señora Schmitt.

– ¡Hola, señorita!

Lorna entró y cerró la puerta con suavidad.

– ¿A qué hora van a acostarse?

– Ya casi nos íbamos, señorita, estábamos terminando.

Un reloj hexagonal del tamaño de una panera colgaba de la pared y Lorna le echó un vistazo.

– ¿A la una menos veinte de la madrugada?

– Mañana es nuestro día libre, señorita. En cuanto acabe el desayuno podremos irnos a la iglesia. Lo único que tenemos que hacer es dejar preparados platos fríos para las otras dos comidas del día.

– Oh… sí, por supuesto… Bueno…

Lorna le dedicó una sonrisa.

– No sabía que trabajaban hasta tan tarde.

– Sólo cuando hay una fiesta, señorita.

Se hizo silencio. Las dos doncellas estaban inmóviles, con las manos llenas de ollas de cobre limpias. Harken había dejado de barrer, pero sin soltar el mango de la escoba. Pasaron diez segundos muy incómodos.

– Señorita, ¿puedo servirle algo? -preguntó al fin la cocinen.

– ¡Eh… oh… oh, no! Me preguntaba si… bueno.,

De inmediato, Lorna comprendió su error. La pregunta que vino a hacer era bastante impertinente, incluso para los criados de la cocina. ¿Cómo podía preguntarles a estas personas sudorosas y cansadas qué había sucedido esa noche para enfurecer a su propio padre?



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