
Lorna relató lo que había oído, pero ni ella ni la hermana le encontraron sentido. La escena la había desconcertado tanto como a Jenny, pero antes de que pudiesen comentarlo, Tim Iversen salió a la galería e interrumpió las especulaciones de las muchachas. Encendió la pipa como si tuviera intenciones de quedarse, y la conversación giró hacia las fotografías de la regata que sacó ese día y en qué periódicos aparecerían.
Pronto, otros salieron de la casa y se reunieron con ellos, y las hermanas no tuvieron más oportunidad de hablar de la discusión.
Lorna todavía pensaba en ello cuando la fiesta terminó. Subió con Jenny al piso alto, mientras Gideon y Levinia se quedaban abajo, despidiendo a los invitados.
– ¿Mamá dijo algo acerca de la pelea en la cocina? -murmuré Jenny mientras subían.
– No, nada.
– ¿Y tú no tienes idea de qué se trataba?
– No, pero tengo la intención de descubrirlo.
Ya arriba, Lorna besó a su hermana en la mejilla.
– Buenas noches, Jen.
Fueron a sus respectivos dormitorios: Jenny, al que compartía con Daphne, y Lorna, al propio. Dentro, pese a los techos altos y las amplias ventanas, hacía calor. Se quitó los aros y los dejó sobre el tocador, luego los zapatos, y los dejó junto a una silla. Sin desvestirse, se senté a esperar que se silenciaran los sonidos de actividad en el pasillo. Cuando se convenció de que papá, mamá y Jenny habían terminado de ir al baño y estaban de vuelta en sus cuartos, abrió la puerta, escuchó un momento y se escabullo afuera.
Todo estaba en silencio. Las lámparas del pasillo estaban apagadas. Las tías se habían retirado más temprano y, sin duda, estaban durmiendo.
En la oscuridad, fue de puntillas pasando la escalera principal, hasta la de los criados, al extremo del pasillo. Llevaba desde los dormitorios del tercer piso directamente a la cocina, y desde la segunda planta se accedía por una puerta del pasillo que siempre estaba cerrada.
