– También conocen los méritos relativos de las velas de seda.

– ¡Podemos telegrafiarles mañana mismo!

– Y contar con un dibujo a escala hecho a mano a finales del verano, y el barco mismo en mayo próximo, justo para la temporada de navegación.

Mientras los hombres pasaban revista a todas las posibilidades, con los rostros encendidos, el disgusto de antes fue reemplazado por entusiasmo.

Entretanto, ya habían retirado de la mesa el tercer plato. Un criado se acercó a Levinia y le anunció con voz queda:

– Señora, el plato principal.

Levinia alzó la vista y, mientras el hombre se limitaba a permanecer de pie con la fuente de tapa dorada, se le formaron dos pliegues en el entrecejo:

– ¡Pero, por el amor de Dios, déjelo! -le ordenó, en sordina.

Desde cierta altura, Jens Harken dejó caer la fuente caliente, la tapa abovedada se inclinó hacia un lado y sonó como la campana de una boya.

Levinia alzó la mirada. Como el resto de las damas presentes, si bien con respecto al esposo no era más que una sombra, a la cabeza del personal doméstico reinaba sin discusión. Inquieta por la posibilidad de que su grandeza como anfitriona quedara empanada por la incompetencia del personal, preguntó con vivacidad:

– ¿Dónde está Chester?

– Se fue a su casa, señora. Su padre está enfermo.

– ¿Y Glynnis?

– Le duele un diente.

– ¿Usted quién es?

– Jens Harken, señora, el ayudante para todo servicio de la cocina.

El rostro de Levinia se puso encarnado. ¡El ayudante para todo servicio, la noche de una cena importante, nada menos…! ¡El ama de llaves tendría que oírla! Ceñuda, miró al robusto joven, trató de recordar si lo había visto antes, y ordenó:

– Quite la tapa.

El obedeció, poniendo al descubierto una cerceta asada, rodeada de alcachofas de Jerusalén y coles de Bruselas. Alrededor, un arabesco de puré de patatas dorado en el horno, formaba un perfecto marco ovalado.



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