
Levinia examinó la obra de arte, eligió un tenedor, pinché el ave, y dirigiendo a Jens un gesto de aprobación, le indicó:
– Proceda.
Con calma, Jens atravesó la puerta vaivén. Ya en el otro lado echó a correr por el pasillo absurdamente largo, traspasó una segunda puerta vaivén y por fin entró en la cocina.
– ¡Demonios, casi cinco metros de pasillo para que los olores no llegaran al comedor…! ¡Los ricos están locos!
Hulduh Schmitt, la cocinera principal, le depositó con fuerza dos platos en las manos y le ordenó:
– ¡Ve!
Recorrió ocho veces más el largo de ese pasillo, frenando centímetros antes de llegar al comedor, y disimulando la agitación cuando entraba y colocaba los platos delante de los comensales. En cada viaje, oía retazos de conversación acerca de la regata del día, los motivos de que el Tartar, el balandro de Barnett, hubiese perdido, cómo garantizar que ganara la carera del año siguiente, y si las causas del fracaso eran el peso del anda, las velas, la distribución de los sacos de arena o el capitán contratado. No cabía duda de que todos ellos eran entusiastas, a todos les había picado el bicho de la navegación con tanta virulencia que se había extendido sobre ellos como una erupción, en el anhelo de superar al club Minnetonka.
Y Jens Harken era el que sabía cómo podrían lograrlo.
– ¿Hulduh, consígame un papel? -exigió, irrumpiendo en la cocina con las dos últimas tapas de plata de los platos.
Hulduh, que estaba soplando en el molde doble para helado, con el propósito de desmoldar la crema helada, apartó la boca:
– ¿Un papel? ¿Para qué?
– Por favor, consígamelo, y también un lápiz. Si lo encuentra rápido, y sin hacerme preguntas, trabajaré mañana, aunque tengo el día libre.
– Claro, y yo pierdo mi empleo -rezongó la alemana.
Mientras tanto, le daba otro soplido al molde, y depositaba un perfecto cono rayado de crema helada sobre un nido de merengue con sabor a almendra.
