– Ya está. Ponga la crema helada encima.

– ¿Sobre el papel? Eres tú el que está loco. Los dos nos quedaremos sin empleo. ¿Qué dice?

– No importa lo que dice. Usted desmolde esa crema y póngala encima.

La señora Schmitt se empecinó:

– No, señor. Ni soñando, Jens Harken. Yo soy la cocinera, lo que sale de esta cocina es mi responsabilidad, y de aquí no saldrán postres con notas debajo.

Jens comprendió que no cedería, a menos que se lo dijera.

– Está bien, es para el señor Barnett. Le digo que sé cómo puede ganar la regata el año próximo.

– Ah, otra vez los barcos. Tú y tus barcos…

– Bueno, no pienso ser mozo de cocina toda mi vida. Cualquier día de estos, alguien me escuchará.

– Ah, claro, y yo me casaré con el gobernador y me convertiré en la primera dama.

– Al gobernador podría irle peor, señora Schmitt -bromeo Jens-. Podría irle peor.

La cocinera le lanzó esa mirada con la cabeza un poco baja que el muchacho tan bien conocía. Al ver que no llegaba a nada, le prometió:

– Si sale el tiro por la culata, yo cargaré con toda la culpa. Les diré que fui yo el que puso la nota ahí, a pesar de que usted me advirtió que no lo hiciera.

Sin quererlo, la misma Levinia Barnett había decidido el conflicto al tirar de la cuerda de satén que hacía sonar la campanilla de bronce. La señora Schmitt alzó la vista hacia ella, y se acaloró:

– ¡Mira lo que lograste! Con tanta charla, no he terminado de servir los helados. ¡Ve, ve! Lleva los primeros y ruega que yo conserve suficiente aliento para llegar hasta el final.

En el comedor, Levinia observaba con ojo de águila al ayudante de cocina, Harken, que llevaba los postres. Después del primer traspié, sirvió el resto de la comida sin más tropiezos. Pese al calor estival, las cremas heladas conservaron el moldeado nítido, y cada una de ellas fue traída y depositada sobre la mesa con los movimientos discretos que la señora esperaba del personal. La crema helada de melocotón estaba cubierta por una fina capa de mermelada de albaricoque, y salpicada de frutillas azucaradas. El merengue era firme y dorado, y los platos habían sido enfriados previamente, como correspondía: por tanto, las damas presentes no tendrían nada que criticar.



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